Este post fue escrito el martes 13 de julio en un cuaderno durante un vuelo Madrid – Munich. Lo publico ahora porque, primero, no tuve suficiente acceso a internet y, después, me dio pereza.
Se ve que la cosa va de escribir posts con retraso y pasándome el orden cronológico por donde me da la gana (aún tengo el post de Bratislava a medio escribir, mirándome con cara de ¬¬ cada vez que entro en el tablón del blog). Pero, esta vez, ha sido una cuestión de tiempo material.
Ya desde unos meses antes de volver de Copenhague, sabía que iba a ser difícil, así que me organicé el mes de julio para estar en casa lo menos posible y no tener tiempo para andar lamentándome. Y así está siendo.
El 26 de junio me fui con mi familia de crucero por el Mar Báltico. Después de destrozarme la espalda como mochilera en Noruega unos días antes, estuvo bien tener un viaje un poco más… cómodo. Volvimos a Madrid el 3 de julio. El 4, el 5 y el 6 tuve tiempo para ver amigos y no quedarme en casa y, del 7 al 11, estuve en El Puerto de Santa María, tostándome al sol y comiendo pescaíto frito. El día 12 fue de resaca mundialista y preparativos de viaje, y hoy, martes y 13 (ni te cases, ni te embarques), estoy en un avión a Munich, desde donde mañana cogeré un tren a Ljubljana.
Una vez puestos en situación, voy a lo que voy: Copenhague. Cuando te vas a ir de erasmus, todo el mundo “sabe” lo que tienes que hacer y hacen las mismas preguntas: “¿Ya tienes residencia?”, “¿Ya tienes billete?”, “¿Qué día te vas?”, “¿Conoces a alguien que vaya allí?”, “¿Ya has cogido las asignaturas?”… Es como que todos saben cómo se va uno de erasmus, pero nadie habla de cómo volver. Y os aseguro que lo segundo es bastante más complicado que lo primero. Cuando te vas, te despides de la gente sabiendo que, tarde o temprano, los vas a encontrar allí donde los dejaste; cuando vuelves, dices adiós y sólo tienes la esperanza de volver a ver a aquéllos con quienes has compartido un año tan importante de tu vida. La cosa se pone peor aún si, además, la ciudad en la que has estado te encanta.
Todos sabéis que yo nunca he sido “typical Spanish”. Hay muchas cosas de España que me sacan de quicio, y mi carácter no es muy español. Sin embargo, siempre he considerado España mi hogar, el sitio al que puedo llamar casa, donde está mi gente y donde me siento en mi lugar. Al igual que tiene aspectos con los que me cuesta tragar, también tiene otros que me encantan (gastronomía a la cabeza :D). Pero, entonces, apareció una ciudad llamada Copenhague… bonita, tranquila, limpia, donde las cosas funcionan como deben hacerlo (la mayoría de las veces), y donde me siento en paz al pasear por sus calles. Y ya no sé si me siento dividida o si he perdido mis raíces; no sé si es que Copenhague es mi ciudad, o si sólo es que un lugar así ha acentuado mi aversión hacia lo que yo considero los aspectos negativos de España. O tal vez es tan sencillo como no querer volver a la vida estresante de la EPS tras haber disfrutado de un maravilloso año de erasmus.
Fue duro irme de Copenhague. Dar el último paseo por la Strøget, estar en Nyhavn y pensar que ya no lo iba a tener a tiro de tren, ver el puente del Øresund por última vez desde el avión. No puedo creer que ya no esté allí.
Tal vez vuelva, tal vez no. Me quedan dos años de universidad que tengo que hacer en Madrid, así que hay tiempo para decidir y ver las cosas desde una perspectiva más objetiva que la de alguien que acaba de volver de erasmus. Sigo teniendo a mi gente en España, pero si algo he aprendido este año es que yo soy la única persona a quien debo tener en cuenta a la hora de decidir qué hacer con mi vida, pues, al final, cada uno sigue su propio camino. Y, además, volver a Copenhague no sería empezar de cero.

Una vez allí, la cosa estuvo muy bien. La comida danesa está buenísima, no tiene absolutamente nada que ver con la española (y con esto no estoy diciendo que la española no esté buena, que creo que mi afición a nuestra gastronomía es conocida :p) y probamos los chupitos de snaps, que traducido literalmente significa “aguardiente” y viene a ser algo que te quema sin tener mucho sabor que digamos xD Aparte de esto, también había cervezas (“sidra” para mí) y chupitos varios, por ejemplo, fisk: un licor que sabe como a regaliz y que a mí me gustó bastante. Un par de snaps, una “sidra” de medio litro (lo pongo entre comillas porque un español no puede llamar a eso sidra :p) y otro par de chupitos de fisk fueron suficientes para tenerme contenta toda la noche, pero controlando :p Los daneses iban mucho peor, jeje.
Respecto al menú, comenzamos con pan danés y paté. Coralie, ayudada por Ricardo, se curró un pavo de 5 kg relleno y envuelto en tiras de bacon que estaba más que cojonudo. Tamás hizo un par de postres húngaros consistentes en naranja confitada bañada en chocolate, y guindas envueltas en una mezcla de galleta en polvo y chocolate cubiertas por ralladura de coco. Barbara preparó un bizcocho de chocolate, y Edina aportó homemade palinka… y, si en el julefrokost ya estaba contenta con el par de snaps, la “sidra” y el fisk, aquí bastaron dos chupitos de palinka para que se me pusiera cara de imbécil… eso sí, no perdoné el chupito de sambuca xD


